4 abr. 2012

Heriberto Hernández Medina

 
Quería escribir sobre nuestro encuentro a mi regreso a Santo Domingo. Los dos semanas en Miami sucedieron a demasiada velocidad, no me daban tiempo a nada. Pero ahora, en el aeropuerto de Fort Lauderdale, por fin puedo abrir la computadora. Afuera, una aeronave de JetBlue recuerda a su “pájaro azul”.
Heriberto Hernández Medina era un hombre de éxito. Arquitecto y poeta. Parecía ser el que mejor de todos nosotros había entendido al capitalismo. De lejos, su corpulencia podía pasar por gringa. Solo una cosa delataba su origen, aquel incorregible caminao de guajiro de Camajuaní.
Todo su peso me cayó encima en el primer abrazo. Fue en el patio de Books & Books, donde Carlos Pintado y yo tuvimos una lectura de poemas. Habíamos estado 13 años sin vernos, pero la conversación no daba esa impresión. Hablamos muchas cosas sin importancia, como hacen los amigos que comparten todos los días.
Quedamos en encontrarnos el sábado en la noche en su casa. Allí estaban Emilio García Montiel, Gerardo Fernández Fe, Juan Carlos Valls, Verónica Cervera, Joaquín Badajoz, Javier Iglesias, Germán Guerra, Tinito Díaz... Fue una noche larga. Volvimos a hacer los mismos cuentos que hicimos siempre, recordamos lo que siempre merece ser recordado. A las 6 de la mañana por fin nos fuimos.
Al final la borrachera nos dio por el Premio Nacional de Literatura. Entregamos unos cuantos y retiramos otros tantos. Alguien pidió que se leyeran poemas, pero la reunión no se prestaba para eso. Había demasiadas cosas que recordar (advertimos que estamos viejos, que ya empezamos a perder la memoria).
Heriberto reconstruyó con lujo de detalles los sucesos de la Librería El Pensamiento, en Matanzas. Emilito trató de dar con la orquesta que tocó algo sobre las guaguas Hino. Gerardito regaló su nueva novela. Javier organizó futuras tertulias. Germán resumió la visita de Ratzinger a Cuba. Juan Carlos reconcilió lo más que pudo. Tinito hizo silencio.
Ya nos íbamos, pero Heriberto me hizo regresar desde la calle hasta su estudio. Subimos unas escaleras hasta dar con tres fotos de Lezama que Iván Cañas le acababa de regalar: Lezama en su sillón, tabaco en mano. Lezama otra vez sentado, mientras Baldomera permanecía a su espalda. Lezama sofocado, encallado como una ballena en el mismo medio del Prado.
Esa fue la última vez que lo vi. Estaba feliz, felicísimo. Cuando di la espalda, en el interior de su casa aún se oía la voz de Marta Valdés. Su música fue la única que oímos en toda la noche. Al día siguiente, a las 5:49 p.m., me envió un mensaje de texto: “Llámame”. Lo vi demasiado tarde, pensé que ya estaría durmiendo. Nunca sabré lo que quería decirme.

8 comentarios:

Tinito Díaz dijo...

Cuán inverosímil, la vida, amigo!, hoy nos da un instante de gloria, y mañana nos lo quita, como si una oscura pradera estuviera pasando irrevocablemente:
» Extraña la sorpresa en este cielo
donde al parecer vuelven pisadas
y suenan las voces en su centro henchido.
Una oscura pradera va pasando
entre los dos, viento o fino papel,
viento, el herido viento de esta muerte mágica,
una despedida.
Un pájaro y otro ya no tiemblan.
Como Lezama se nos fue el poeta, mas su respiración continua entre nosotros, yo por mi parte aún lo mantendré vivo, como una dessas tantas veces tantas, en que lo llamaba y no podía atender el teléfono.
Un abrazo,

Veronica Cervera dijo...

Del carajo, Camilo -no puedo decir nada más. Ando medio rota hoy con esta noticia.
Un gusto conocerte en persona.
Abrazos para ti y Diana,
Vero

Diana S. dijo...

Abrazos para ti también Verónica. Sentimos mucho lo que pasó. Diana.

Javier Iglesias dijo...

Camilo y Diana aún me espanta lo sucedido. Al recibir la noticia pensé que fuese una broma de mal gusto, ya que habíamos pasado una noche tan especial como has descrito, pero la vida nos da lecciones a veces demasiado tristes.

Anónimo dijo...

Es escalofriante cómo se puede ser "aparentemente feliz" y llevar tanta (auto)destrucción por dentro.

¿Cómo se puede tener familia, mujer, éxito, trabajo, poesía, tantos amigos... y que nadie sospeche la cercanía de la muerte?

¿Cómo es que tamaña red afectiva, incluso de gente sensible, culta, entregada... no nos salva?

El ego no nos salva. No nos salva el intelecto. No nos salva siquiera la poesía.

¿Nos salvaría acaso la humildad y la sinceridad?

La muerte nos deja sin máscaras.

Anónimo dijo...

El unico que nos puede salvar esta resucitando!

Anónimo dijo...

Han debido pasar los días Camilo para que pueda hacer otra cosa que no sea asombrarme,quiero pensar que fue una decición,una certeza,y que nos invitó al andén a celebrar su viaje para el que ya había un boleto resguardado en uno de sus libros.Heriberto era tal vez la persona con quien mas disentía en esta ciudad,con quien mejor ponía en práctica mis ardides de supervivencia pero siempre estaba ahí,paciencia en mano,con una invitación a convertir nuestra vehemencia en una reuniuón en la sala de su casa en donde muchas veces ya habiamos ensayado esta despedida,les agradecemos a ti y a Diana el haber estado entre nosotros y el haberle dado a estos días el toque generacional de esos 80 que tantyo Heriberto prodigaba,seguro estoy que el viaje fue en uno de tus ctrenes,un abrazo,
juan carlos valls

Anónimo dijo...

Pienso lo mismo , esa fue una decisión calculada.De varias formas , en esos días se fue despidiendo; pero me pregunto lo que otros. Cómo los que podrían persuadirle no se dieron cuenta de la tristeza detrás del rostro.
Hablan de lo feliz que se le veía esa noche .Por favor!!nadie se mata de felicidad.